«Qué fácil ha sido», pensó Phoebe mientras se guardaba su pasaporte nuevo en el bolso.

A su alrededor se saludaban efusivamente los familiares. Alguna que otra joven pareja, evidentemente de luna de miel, caminaba lentamente del brazo. No pudo evitar sentirse un poco sola. No debería; no al principio de su aventura. Encontró un teléfono y llamó a su hotel. El recepcionista le prometió que el chófer se presentaría para recogerla en quince minutos.

Phoebe se dirigía hacia la gran puerta de cristal del aeropuerto cuando el escaparate de una pequeña tienda dutty free llamó su atención. Por lo general no le gustaba mucho comprar, pero la presentación de productos resultaba atractiva: frascos de perfume francés desplegados sobre tela de satén, bolsos de diseñador y zapatos colgando de cables del techo, apenas visibles. Todo parecía hermoso y muy caro. No le haría daño echar un vistazo mientras esperaba a que llegara el coche del hotel.

Phoebe entró en la tienda y aspiró una bocanada de perfume. Diferentes aromas se combinaban perfectamente entre ellos. Aunque le intrigaban los frascos del muestrario, la dependienta, una mujer alta y vestida a la última moda, la puso nerviosa, así que se volvió en la dirección opuesta, para terminar delante de una vitrina de joyería.

Anillos, pendientes, pulseras y collares parecían haber sido arrojados con descuido sobre un manto de terciopelo. Pese a ello, Phoebe sospechaba que semejante desorden era calculado y debía de haber costado sus buenas horas de trabajo. Se inclinó para examinar mejor las joyas. El diamante de uno de los anillos era mayor que la uña de su dedo meñique. Sólo con el dinero que valía aquella pieza, podría vivir razonablemente bien durante un par de años. Si aquella tienda era representativa de las de que había en la isla, iba a tener que conformarse con mirar los escaparates.



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