– Creo que es demasiado grande para usted.

El inesperado comentario la tomó desprevenida. Se irguió inmediatamente, llevándose una mano al pecho.

– Sólo estaba mirando -dijo sin aliento-. No he tocado nada.

Aunque Phoebe era alta, algo más de uno setenta y cinco de estatura, aquel hombre la sobrepasaba por lo menos en un palmo. Era moreno, con el pelo peinado hacia atrás. Tenía diminutas arrugas alrededor de los ojos, unos preciosos ojos de color castaño oscuro, y un asomo de sonrisa bailando en las comisuras de los labios.

Phoebe se ordenó desviar la mirada, ya que era una grosería quedárselo mirando con tanta fijeza, pero algo en su expresión, quizá los rasgos como esculpidos de sus pómulos y de su mandíbula, se lo impidió.

Parecía el clásico modelo masculino de un anuncio de licor caro, sólo que un poquito mayor. Phoebe se sintió instantáneamente fuera de lugar. El vestido que llevaba le había costado menos de veinte dólares en una tienda de saldos, y desde entonces había pasado un año, mientras que el traje de aquel hombre parecía realmente caro. Aunque tampoco tenía muchos conocimientos sobre ropa masculina…

– La pulsera -dijo él.

– ¿Perdón? -parpadeó, asombrada.

– Creía que estaba mirando la pulsera de zafiros. Aunque es preciosa y el color de las piedras combina muy bien con el de sus ojos, es demasiado grande para una muñeca tan fina como la suya. Habría que quitarle demasiados eslabones.

Phoebe se obligó a desviar la mirada de su rostro para fijarla en la vitrina de las joyas. Justo en el centro había una pulsera de zafiros. Piedras ovaladas rodeadas de pequeños brillantes. Probablemente costaría más que un hotel a pie de playa allá en su hogar, Florida.

– Es muy bonita -dijo con tono educado.

– Ah, no le gusta.

– No, quiero decir sí, por supuesto que me gusta. Es muy hermosa -reconoció. Pero desear una joya así era tan realista como esperar comprarse un Boeing 747…



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