
– Y yo que había imaginado que eras una rabiosa ecologista…
– Rabiosa no, ecologista sí -sonrió-. Me preocupa el medioambiente y hago lo que puedo por conservarlo. Pero no creo que haya respuestas fáciles.
– Estoy de acuerdo contigo. Aquí, en Lucia-Serrat, intentamos buscar ese equilibrio del que hablas. Vivimos en armonía con la naturaleza. Sí, debemos hacer prospecciones petrolíferas, pero todas las precauciones son pocas a la hora de proteger el mar y sus criaturas. Y eso encarece los costes. Siempre hay gente que protesta, que quiere sacar más petróleo y preocuparse menos de las aves y los peces -Mazin frunció el ceño-. Hay gente a la que le gustaría un cambio de política, pero hasta ahora estoy satisfecho… -se interrumpió a mitad de frase, encogiéndose de hombros- de las decisiones que ha tomado el príncipe.
Phoebe apoyó los codos sobre la mesa.
– ¿Tú conoces al príncipe?
– Conozco a la familia real.
Se quedó pensativa. Le resultaba difícil de imaginar.
– Yo ni siquiera conozco al alcalde de la ciudad donde vivo -dijo, más para sí misma que para él-. ¿No te cae bien?
Mazin arqueó las cejas, sorprendido.
– ¿Por qué me preguntas eso?
– No lo sé. Por la manera en que has dicho que estás satisfecho de sus decisiones. Había algo en tu tono… Me dio la impresión de que no te cae bien.
– Te aseguro que no es ése el caso.
Phoebe bebió otro sorbo de té helado.
