
– ¿Ya has decidido? -le preguntó él.
Phoebe miró la carta que tenía en las manos y sólo entonces se dio cuenta de que no había leído nada. Había estado demasiado ocupada admirando la vista.
– Quizá podrás recomendarme algún plato típico.
– El pescado fresco. El cocinero tiene fama de prepararlo de maravilla. No te decepcionará.
Apareció el camarero para tomarles la orden. Phoebe bebió un sorbo de té helado.
– Este es un lugar precioso -dijo mientras bajaba su vaso-. Me sorprende que no esté lleno de gente a estas horas.
Mazin pareció bacilar.
– A veces se llena, pero la verdad es que es demasiado temprano.
Phoebe miró su reloj. Era casi mediodía, pero no pensaba contradecir a su anfitrión. Además de que era posible que en la isla se comiera tarde.
El patio en el que estaban sentados tendría una docena de mesas, cada una con sombrilla. A lo lejos podía distinguir un bosquecillo de árboles llenos de loros. Pequeñas lagartijas se asoleaban en la pared de piedra del fondo.
– ¿Qué te parece mi isla? -le preguntó Mazin.
– Es preciosa -sonrió, feliz.
Ayanna siempre le había dicho que Lucia-Serrat era un paraíso, pero entonces Phoebe no había podido imaginar lo acertado de sus palabras. La vegetación crecía por doquier.
– ¿Realmente vive más gente en esta isla? -le preguntó, bromeando.
Mazin se sonrió.
– Te aseguro, paloma mía, que no estamos solos. Ha habido mucho debate sobre el futuro de la isla. Si bien necesitamos ciertos recursos para sobrevivir, lo que no queremos es destruir la belleza que florece en nuestro mundo.
– En Florida se habla mucho de eso -dijo Phoebe, inclinándose ligeramente hacia él-.
