Adam aceptó la taza de café que Sal le ofrecía y tomó un sorbo por cortesía. Se sentó en un sillón frente a él y sujetó la taza con ambas manos.

– Quería hablarte de esa parcela de ocho hectáreas que tienes en el prado norte, Sal.

– Ah -el hombre esbozó una sonrisa comprensiva y se recostó en el sofá.

No era bueno dejar que el adversario supiera cuánto se deseaba algo, pero Sal Torino no era ningún tonto. La familia King había hecho ofertas por ese trozo de tierra varias veces en las últimas dos décadas. Sal siempre las había rechazado de plano. Sabía lo importante que era el tema para Adam y no tenía sentido simular lo contrario.

– Siempre he querido esa tierra, Sal, y estoy dispuesto a hacerte una oferta muy ventajosa.

Sal movió la cabeza, tomó un sorbo de café y dejó escapar un suspiro.

– Adam…

– Escúchame antes -Adam se inclinó hacia delante, dejó la taza de café en la mesa y apoyó los codos en los muslos-. No utilizas ese terreno como pasto. No le sacas ningún partido.

Sal sonrió y negó con la cabeza. Era testarudo y Adam lo sabía. Controló la impaciencia que lo reconcomía y dio un tono cordial a su voz.

– Piénsalo, Sal. Estoy dispuesto a hacerte una oferta sustanciosa por la propiedad.

– ¿Por qué es tan importante para ti?

«Ahora empieza el juego», pensó Adam, deseando que fuera más sencillo. Sal sabía muy bien que Adam quería que el rancho King recuperase su extensión original, pero iba a obligarlo a dar razones.

– Es la última parcela que falta para completar la propiedad original de la familia King -dijo Adam, seco-. Como sabes muy bien.

Sal sonrió de nuevo. Adam pensó que parecía un duende benévolo. Por desgracia, no parecía un duende dispuesto a vender.

– Hablemos de negocios. No necesitas la tierra y yo la quiero. Es sencillo. ¿Qué me dices?

– Adam -Sal hizo una pausa para tomar otro sorbo de café-. No me gusta vender terreno. Lo que es mío, es mío. Lo sabes. Tú sientes lo mismo al respecto.



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