
– Sí, y esa parcela es mía, Sal. O tendría que serlo. Empezó siendo tierra de los King. Debería volver a ser de los King.
– Pero no lo es.
Adam sintió una intensa frustración.
– No necesito tu dinero -Sal se inclinó hacia delante, dejó la taza en la mesa y empezó a pasear por la habitación-. Lo sabes y, aun así, vienes a convencerme arguyendo que sacaré beneficio.
– Obtener beneficio no es un pecado, Sal -contraatacó Adam.
– El dinero no es lo único en lo que piensa un hombre.
Sal se detuvo ante la chimenea, apoyó un brazo en la repisa y miró a Adam.
Adam no estaba acostumbrado a estar a la defensiva en una negociación. Tener que alzar la vista para mirar a Sal, desde el mullido sillón, hizo que se sintiera en desventaja, así que se puso en pie. Metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y contempló a Sal, preguntándose qué intenciones tenía.
– He oído un «pero» implícito en tu frase -dijo Adam-. ¿Por qué no me dices qué tienes en mente? Así descubriremos si es posible llegar a un acuerdo.
– ¡Ay, la impaciencia! Deberías aprender a disfrutar más de la vida, Adam. No es bueno centrarlo todo en los negocios.
– A mí me va bien.
Adam no estaba interesado en escuchar consejos. Ni en que nadie le hablara de «disfrutar» de la vida. Sólo quería ese último pedazo de tierra.
– Hubo un tiempo en que no pensabas así -musitó Sal. Sus ojos se ablandaron comprensivamente y su sonrisa se borró.
Adam se tensó. Lo peor de vivir en un sitio pequeño era que todo el mundo se enteraba de los asuntos personales de uno. Sabía que Sal intentaba ser amable, así que controló el nudo de ira que atenazaba su estómago. La gente creía conocerlo y ser capaz de entender lo que sentía y pensaba. Pero la gente se equivocaba.
Le interesaba tan poco la comprensión como los consejos. No necesitaba la compasión de nadie. Su vida era como él deseaba que fuera. Sólo le faltaba esa maldita parcela.
