
– Mira, Sal. No he venido aquí a hablar de mi vida. He venido a hacer un trato. Si no te importa…
– Eres un hombre de ideas fijas, Adam -Sal chasqueó la lengua con desaprobación-. Aunque lo admiro, también es algo que dificulta la vida.
– Deja que sea yo quien me preocupe por mi vida, ¿de acuerdo? -el cosquilleo de impaciencia que había sentido antes empezaba a burbujear y bullir en su estómago-. ¿Qué me dices, Sal? ¿Va a ser posible que lleguemos a un acuerdo?
Sal cruzó los brazos sobre el pecho y ladeó la cabeza, estudiando a Adam como si buscara algo concreto. Tardó unos minutos en contestar.
– Podríamos llegar a un acuerdo. Pero los términos que tengo en mente son distintos de los que esperabas.
– ¿A qué te refieres?
– Es sencillo -Sal se encogió de hombros-. Tú quieres la tierra y yo quiero algo a cambio. Y no es tu dinero.
– ¿Qué es?
El hombre asintió, volvió al sofá y se puso cómodo. Luego alzó la vista hacia Adam.
– Conoces a mi Gina.
– Sí… -corroboró Adam con suspicacia.
– Quiero verla feliz -dijo Sal.
– No lo dudo -Adam se preguntó qué diablos tenía Gina que ver con el asunto.
– Quiero verla casada. Asentada. Con una familia.
Adam se puso rígido y sintió un escalofrío. Todos sus sentidos se pusieron en alerta. Oyó el tictac del reloj en la repisa de la chimenea y a una mosca chocar contra la ventana. Inspiró profundamente y saboreó el aroma de la salsa de tomate que hervía en la cocina. Tenía la piel tensa y los nervios a flor de piel.
Inspiró de nuevo, movió la cabeza y miró a Sal fijamente, incapaz de creer lo que acababa de oír. El peso de lo que Sal parecía estar sugiriendo cayó sobre él como una tonelada de ladrillos. Pero el hombre lo miraba con determinación, esperando a que absorbiera sus palabras. Adam no podía creer que Sal hablara en serio.
