– Piénsalo -insistió Sal, señalando la ventana.

Adam miró y vio a Gina y a su madre en el prado. Teresa se alejó y dejó a su hija sola, rodeada de pequeños y fuertes caballos.

El sol caía sobre Gina como un haz de luz. Su cabello largo y oscuro revoloteaba alrededor de sus hombros; cuando echó la cabeza hacia atrás y se rió, resultó tan intrigante que Adam tuvo que apretar los dientes.

– Mi Gina es una mujer extraordinaria. Sería una gran elección.

Adam desvió la mirada de la mujer, sacudió la cabeza y miró al hombre mayor que tenía al lado.

– Puedes olvidar esa idea tuya, Sal. ¿Por qué no piensas de forma realista y buscas un precio para ese terreno que nos satisfaga a los dos?

La situación se le había ido de las manos y Adam se sentía como si un muro se cerrara a su alrededor. Era obvio que Sal estaba loco, aunque no lo pareciera. Nadie ofrecería a su hija como parte de un trueque en los tiempos que corrían.

– ¿Qué diablos crees que diría Gina si oyera tu proposición? -preguntó Adam, jugando su última carta.

– Ella no tiene por qué enterarse -Sal sonrió y encogió los hombros.

– Vives peligrosamente, Sal.

– Sé lo que les conviene a mis hijos -rezongó él-. Y lo que te conviene a ti. Es el mejor trato que harás en tu vida, Adam. Así que eres tú quien debe pensarlo seriamente antes de decidir.

– La decisión está tomada -le aseguró Adam-. No me casaré con Gina ni con ninguna otra mujer. Pero si cambias de opinión y quieres hablar de negocios en serio, llámame.

Adam tenía que salir de allí. La sangre le bullía en la venas y tenía la sensación de que le ardía la piel. Maldijo al hombre por soltarle algo así de sopetón. Cruzó la habitación con unas zancadas y abrió la puerta justo cuando Teresa Torino entraba. Ella dio un respingo.



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