– Adam.

– Teresa -la saludó con la cabeza, lanzó una última mirada incrédula a Sal y salió, cerrando la puerta a su espalda.

De inmediato, sintió que podía respirar de nuevo. El aire fresco traía el aroma de los caballos y del lejano mar. Casi sin pensarlo, Adam volvió la cabeza hacia el prado en el que Gina Torino departía con sus caballos.

Incluso en la distancia, sintió una atracción que hacía tiempo que no sentía. La última vez que había visto a Gina había sido en el funeral de su esposa y de su hijo. Ese día había estado demasiado ausente para fijarse y desde entonces se había concentrado únicamente en el rancho.

En vez de encaminarse hacia su coche, se sorprendió yendo hacia el prado cercado.


Gina observó el avance de Adam y ordenó a sus hormonas que se echaran a dormir. Pero no escucharon. Empezaron a bailar, excitando cada una de sus terminaciones nerviosas.

– Ay, Shadow -susurró, acariciando el cuello aterciopelado de la yegua-. Soy una idiota.

– Buenos días, Gina.

Ella se cuadró y se volvió hacia él. Con una sola mirada a sus ojos oscuros, Gina supo que nunca podría «cuadrarse» lo bastante. Se preguntó por qué ese hombre la encendía por dentro, como una traca de fuegos artificiales del Cuatro de Julio. Su corazón anhelaba a Adam King y a nadie más.

– Hola, Adam -dijo, felicitándose por el tono sereno de su voz-. Has salido temprano esta mañana.

– Sí -su expresión se torció e hizo un esfuerzo obvio por controlarla-. He tenido una reunión con tu padre.

– ¿Sobre qué?

– Sobre nada -dijo rápidamente.

Tan rápido que Gina supo que ocurría algo. Y conociendo a su padre, podía ser cualquier cosa.

Pero era obvio que Adam no iba a hablar del tema, así que decidió reservar su curiosidad para después. Se lo sacaría a su padre. Adam se acercó, apoyó los antebrazos en el travesaño superior de la valla y entrecerró los ojos. La dirección del viento cambió de pronto y ella recibió una ráfaga de aire impregnado con su aroma. Olor a hombre y a jabón. Gina notó que le costaba seguir respirando.



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