– Parece que hay un nuevo miembro en tu yeguada -dijo él, señalando al potrillo.

– Llegó anoche -Gina sonrió y miró al potrillo mamando-. Bueno, de madrugada. Estuve levantada hasta las cuatro de la mañana, por eso hoy parezco la novia de Frankenstein.

Se llamó idiota en cuanto acabó de hablar. No lo veía desde el funeral de su familia y sólo se le ocurría llamarle la atención sobre su horrible aspecto. Fabuloso.

– Yo te veo muy bien -dijo él, casi como si le molestara admitirlo.

– Sí. Seguro -Gina rió, acarició a Shadow una última vez y trepó sobre la valla.

Supo de inmediato que debería haber caminado hacia la puerta. Estaba demasiado cansada para que fuera una maniobra grácil y fluida.

La punta de su bota se enganchó en el travesaño inferior. Tuvo un segundo para pensar.

«Perfecto. Estoy a punto de caer de bruces en el barro, delante de Adam. ¿Podría ser peor?».

La mano de Adam aferró su brazo y la sujetó hasta que recuperó el equilibrio.

– Gracias… -sacudió la cabeza para apartarse el cabello del rostro y miró sus ojos de color chocolate. Se le secó la boca.

El calor de la mirada de Adam la desconcertó. Era como someterse a un lanzallamas. Con la sangre bullendo en las venas, la respiración agitada y el estómago hecho un nudo, se limitó a mirarlo. Sentir su mano en la piel incrementaba aún más el calor que sentía.

– Ven a cenar conmigo -dijo Adam, justo cuando ella se preguntaba cómo iba a justificar haberse quedado paralizada como una estatua.

Capítulo 3

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Una vez dichas, Adam se preguntó: «¿Por qué diablos no?».

Se había sorprendido a sí mismo y, a juzgar por la expresión de Gina, a ella también. Lo cierto era que no había esperado sentir una oleada de algo caliente y pulsante recorrer su cuerpo al mirarla. Lo había pillado desprevenido.



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