
Se trataba de un complejo de edificios bajos y alargados, de curvas abiertas y diversos colores, que se extendía sobre la superficie verde entre enormes árboles antiguos. Más allá, la colinas y los bosques daban paso a un gran río marrón, y por la noche podía en ocasiones escucharse el bramido de titanoterios y el rugido lejano de un tigre dientes de sable.
Everard salió del transbordador temporal —una enorme caja de metal sin ninguna marca externa— con la garganta seca. Se sentía igual que en su primer día en el Ejército, doce años antes —o entre quince y veinte millones de años en el futuro, según se prefiriera—, solitario, indefenso y deseando desesperadamente que hubiese alguna forma honorable de volver a casa. Era un pequeño consuelo ver a los otros transbordadores descargando a unos cincuenta hombres y mujeres jóvenes. Los reclutas se movían juntos con lentitud, formando un grupo torpe. Al principio no hablaban, sino que se miraban los unos a los otros. Everard reconoció un cuello Hoover y un bombín; los estilos de ropa y peinado iban hasta 1954 y seguían adelante. ¿De dónde era la chica con la falda pantalón ajustada e iridiscente, el carmín verde y fantástico pelo amarillo ondulado? No… ¿de cuándo?
A su lado se encontraba un hombre de unos veinticinco años: sin duda británico, por la chaqueta gastada de cheviot y la cara larga y delgada. Parecía ocultar una amargura truculenta bajo la apariencia amanerada.
