Terminó agotado y completamente empapado de sudor. El señor Gordon le ofreció un cigarrillo y repasó con rapidez una serie de páginas llenas de códigos que le había dado el asistente. De vez en cuando murmuraba una frase: «… Zeth20 cortical… aquí una evaluación no diferenciada … reacción psíquica a las antitoxinas … debilidad en la coordinación central…» Había cambiado a un acento, un ritmo alegre y una pronunciación de las vocales que nada tenía que ver con los modos de deformar el idioma inglés que Everard conocía.

Pasó media hora antes de que volviese a levantar la cabeza. Everard se impacientaba, una ligera agitación de su pose de caballero manifestaba su furia, pero el interés lo mantuvo sentado en silencio. El señor Gordon le mostró unos dientes de un blanco imposible en una amplia sonrisa de satisfacción.

—Ah. Por fin. ¿Sabe?, ya he tenido que rechazar a veinticuatro candidatos. Pero usted servirá. Definitivamente, servirá.

—¿Servir para qué? —Everard se inclinó hacia delante, consciente de que se le aceleraba el pulso.

—Para la Patrulla. Va a ser una especie de policía.

—¿Sí? ¿Dónde?

—En todas partes. Y en cualquier tiempo. Agárrase fuerte, esto va a resultarle impresionante.

»Verá, nuestra compañía, aunque más que legítima, no es más que una fachada y una fuente de fondos. Nuestro negocio real es patrullar el tiempo.

2

La Academia se encontraba en el Oeste americano. También estaba en el periodo Oligoceno, una época cálida de bosques y prados en la que los andrajosos antecesores del hombre huían de la amenaza de mamíferos gigantes.



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