
Quizás los sueños fueran eso. Nunca había soñado hasta hacía algunos años. Nunca. Los sueños eran emociones y él las había perdido hacía mucho tiempo. Los sueños eran en colores, aunque el suyo no. Pero se percibían en colores a medida que los años daban forma a la mujer. Ella era un misterio, confianza absoluta cuando luchaba. A menudo tenía magulladuras y heridas frescas que dejaban cicatrices en su piel suave. Había llegado a examinarla cuidadosamente cada vez que se encontraban, sanarla se había convertido en su saludo tradicional. Se encontró sonriendo por dentro al pensar en cómo ella era enteramente lo contrario a segura de sí misma cuando se trataba de verse a sí misma como mujer.
Durante unos pocos momentos, contempló el por qué debería estar sonriendo por dentro. Sonreír era igual a felicidad y él no tenía emociones para sentir tales cosas, pero sus recuerdos de emociones se estaban agudizados hacia el final de su vida, en vez de oscurecerse como había esperado. Porque cuando convocaba el sueño, sentía una sensación de consuelo, de estar bien y feliz.
Con el paso de los años ella se había vuelto más clara para él. Una mujer jaguar. Una guerrera fiera con exactamente los mismos valores que él enarbolaba: lealtad, familia y deber. Nunca olvidaría la noche, hacía sólo una semana, en la que había visto sus ojos en color. Por un momento no pudo respirar, la miró maravillado, sorprendido de poder recordar los colores tan vívidamente para poder atribuir un color verdadero a sus ojos felinos.
Los ojos eran hermosos, resplandecían en algún lugar entre el oro y el ámbar con débiles insinuaciones de verde que se oscurecían cuando él se las ingeniaba para robarle alguna risa. Ella no reía a menudo ni fácilmente y cuando lo hacía, él sentía que era más triunfo que cualquiera de las batallas que hubiera ganado.
