
Se levantó de la tierra rica, tan rejuvenecido como alguien con parásitos en la sangre podría estar. La cueva en lo profundo de la tierra evitaba que el sol tocara su piel, pero lo sentía de todos modos, sabiendo que estaba justo fuera de la oscuridad, esperando para abrasarlo. La piel picaba y ardía con anticipación. Atravesó a zancadas la cueva con confianza absoluta. Se movió con la fácil seguridad de un guerrero, fluyendo sobre el desigual suelo en la oscuridad.
Cuando empezó a trepar a la superficie pensó en ella, su compañera, la mujer de sus sueños. No era su verdadera compañera por supuesto, porque entonces la vería en vívidos colores, no sólo sus ojos. Vería las variadas sombras de verde en la selva tropical, pero todo en torno a él permanecía en tonos grises. ¿Estaba encontrando consuelo en un engaño? ¿Eran sus canciones a ella, su amor por su compañera un engaño? La anhelaba, necesitaba evocarla a veces para pasar la noche cuando su sangre estaba ardiendo y le comían vivo desde el interior hacia fuera. Pensó en la piel suave, una sensación que parecía asombrosa cuando él era como un roble, hierro duro, la piel tan dura como el cuero.
Cuando se acercó a la salida a la cueva pudo ver la luz que se derramaba en el túnel y su cuerpo se encogió, una reacción automática después de siglos de vivir en la noche. Adoraba la noche, sin importar dónde estuviera o en qué continente estuviera. La luna era una amiga, las estrellas a menudo luces con las que se guiaba para navegar. Ahora estaba en un territorio que no le era familiar, pero sabía que los hermanos De La Cruz patrullaban la selva tropical, aunque había cinco de ellos para cubrir un territorio muy grande y estaban diseminados. Tenía la sensación de que los cinco que estaban reclutando vampiros menores contra los Carpatos habían escogido deliberadamente el territorio de los De La Cruz como su sede.
