Los hermanos Malinov y los hermanos De La Cruz habían crecido juntos, siendo más que amigos, reclamando un parentesco. El pueblo Carpato los había considerado dos de las familias más poderosas, guerreros a los que no muchos podían superar. Dominic pensó en sus personalidades y del compañerismo que se había convertido en rivalidad. Tenía el presentimiento de que los hermanos Malinov habían escogido establecer su sede bajo la nariz de aquellos que estuvieron tramando con ellos maneras hipotéticas de apartar a la línea Dubrinsky del gobierno del pueblo Carpato, y al final habían jurado lealtad al príncipe. Los hermanos Malinov se habían convertido en los enemigos más encarnizados e inexorables de los hermanos De La Cruz.

El razonamiento de Dominic fue confirmado por el vampiro que había matado en las Montañas Carpatos, un vampiro menor muy hablador que quiso jactarse de todo lo que sabía. Él había avanzado, sin tomar prisioneros, por así decirlo, sorprendido de cuan fantástico sistema de alarma eran los parásitos. A los hermanos Malinov nunca se les ocurriría que algún Carpato se atreviera a ingerir la sangre e invadir su campamento.

Al acercarse a la entrada, fue golpeado primero por el ruido, sonidos de pájaros, monos y el zumbido incesante de los insectos a pesar de la lluvia constante. Hacía calor y el vapor se elevaba del suelo justo fuera de la cueva mientras la humedad se vertía de los cielos. Los árboles colgaban sobre las orillas hinchadas del río, sus raíces eran grandes jaulas nudosas, los zarcillos gruesos serpenteban sobre el suelo creando ondas de aletas de madera.

Dominic era insensible a la lluvia o al calor, podía regular su propia temperatura para permanecer cómodo, pero esos diez metros desde la entrada de la cueva a la seguridad relativa bajo el tupido dosel iban a ser un verdadero infierno y no lo esperaba con ansia. Viajar bajo el sol incluso bajo otra forma era doloroso, y con fragmentos de vidrio desgarrándole el interior a trozos, ya tenía bastante a lo que enfrentarse.



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