
Pasó por una hojalatería, una tienda de comestibles, una barbería, un estanco, una ferretería, incontables tabernas y, cosa sorprendente, un enorme teatro, el Langrishe, donde había faroles encendidos y el programa anunciaba Flies in the Weed de John Brougham. Sonriendo, Sarah se detuvo y volvió a leer el anuncio. Una pizca de cultura, después de todo. Para su asombro, en la manzana siguiente, al otro lado de la calle, ¡había otro teatro, el Bella Union! Se sintió animada por primera vez desde su llegada a Deadwood. Pero ¿dónde estaba la iglesia? ¿Y la escuela? En un pueblo de aquella extensión debía de haber algunos niños. Se encargaría de averiguar cuántos.
En el extremo más alejado de Main Street, donde ésta hacía una curva a la derecha, las estructuras de madera desaparecían de forma gradual y el cañón se hacía angosto, fusionando tres calles en una. Más allá de aquel punto, centelleaban fogatas en la lejanía, motas de luz color avellana entre los cuadrados más pálidos de tiendas de campaña, iluminadas por faroles y diseminadas a lo largo del arroyo como cuentas de un rosario roto. Allí donde se unían las tres calles, el tránsito de peatones se restablecía. Hombres… sólo hombres. Miraban a Sarah y se detenían en el acto a su paso. Hombres… hombres ruidosos se agolpaban en la última manzana de edificios, cuyas puertas se abrían y cerraban constantemente dejando escapar risotadas y música de piano. Los seis edificios eran similares… estrechos, con pocos adornos y pesados cortinajes cubriendo las ventanas. Las puertas carecían de ventanas. Debía de haber un error, pensó deteniéndose frente a Rose's y leyendo los nombres de los establecimientos adyacentes… La Puerta Verde, Goldie's, El Filón de Oro, El Nido de los Tórtolos y Angeline's. Parecían ser todos bares.
