– Pero me escribiste. Me dijiste dónde estabas.

– Tal vez lo hice, pero nunca imaginé que vendrías. Ahora, vete.

– Papá ha muerto, Addie.

– ¡Te he dicho que te vayas!

– ¿Me has oído, Addie? Papá ha muerto.

– Me importa un comino. ¡Ahora, lárgate! -le dio la espalda.

– Pero he venido desde St. Louis.

Sarah se encontró alargando sus manos hacia la espalda de Addie, mientras su hermana se acercaba a un grupo de hombres que bebía whisky en una mesa redonda.

– Snooker, es tu turno querido. Siento el retraso. -Pasó su mano por los hombros de un cincuentón vestido con una camisa roja a cuadros y tirantes. El hombre giró la cabeza para observar a Sarah. Addie le cogió la mejilla y le obligó a mirarla-. ¿Por qué la miras como un estúpido? ¿No ves que no vale nada? -Abrió sus labios de color rojo intenso y los unió a los de Snooker, mucho más viejos. Sarah se volvió.

Noah Campbell se apresuró a cogerla del brazo para llevársela fuera.

– ¡No me toque! -gritó, apartándose con brusquedad una vez más de aquel hombre que, aparentemente, era otro de los clientes de Adelaide.

Haciendo acopio de toda su dignidad y con el corazón roto, se encaminó hacia la puerta.

Capítulo Dos

De regreso en el hotel, permaneció recostada, completamente despierta y tensa bajo las sábanas. No era una ingenua que ignorara lo que pasaba en el mundo. ¿Acaso su madre no había huído con su amante cuando ella tenía siete años y Addie tres y jamás la habían vuelto a ver? ¿No había aprendido de joven que el deseo carnal podía arrastrar a las conductas más extremas?

Es más, tenía veinticinco años y había comenzado a hacer tipos de imprenta para su padre a los doce y a escribir artículos a los quince. Desde entonces, había conocido todo tipo de mórbidas historias. Había aprendido a controlar sus reacciones y a descargar su cólera o su compasión sólo en las páginas del rotativo. «Si te involucras mucho en algo, pierdes la objetividad», le había advertido su padre y como no había otra persona en el mundo a quien ella hubiera respetado más que a Isaac Merritt, había asimilado el consejo al pie de la letra. Así, había terminado por habituarse al lado más despreciable de la vida, a la crueldad de la humanidad, a su inmoralidad, codicia, frialdad y lujuria.



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