
– Hablarás mañana. Ahora saca tu huesudo trasero de ahí. -Flossie se inclinó hacia delante, cogió a Sarah por la parte superior de los brazos y la levantó del sillón rojo, extendiendo los brazos paralelos al suelo hasta dejarla como un vestido que cuelga de un tendedero.
– Por favor, bájeme -pidió con voz trémula. Sus hombros casi tocaban los lóbulos de las orejas-. Me iré por las buenas.
Flossie la soltó como a un desecho. Las rodillas de Sarah flaquearon, se tambaleó hacia delante y se agarró al posabrazos de una silla para recuperar el equilibrio.
– ¡Flossie! -gritó una voz nueva-. ¡Déjala en paz!
Sarah se irguió y tiró de las faldillas de su chaqueta. A mitad de las escaleras sin alfombrar que acababan en el centro de la sala, una mujer estaba de pie con una mano sobre la tosca baranda. Su pelo era negro azabache, cortado recto a la altura de la barbilla y las cejas, y acampanándose en las puntas resquebrajadas. Su piel era blanca como almidón de maíz; sus ojos, un círculo de sombra negra; y los labios, una raya escarlata. Vestía camisa y calzones blancos y encima llevaba un quimono negro transparente y estampado con dos amapolas grandes y rojas situadas estratégicamente. Con una expresión tan fría como la de Rose y tan previsible como la de Flossie, avanzó hacia Sarah y se detuvo frente a ella.
– ¿Qué demonios estás haciendo aquí? -inquirió con voz fría.
– Yo soy quien debería hacer esa pregunta.
– Trabajo aquí y no me gusta que me molesten cuando podría estar atendiendo clientes.
– ¡Atendiendo! Adelaide, ¿cómo puedes…?
– ¡Mi nombre es Eve! -replicó-. Adelaide ha muerto. En lo que a mí respecta, jamás existió.
– Oh, Addie, ¿qué has hecho de tu vida? -Sarah extendió una mano hacia el quebradizo cabello negro de su hermana.
Adelaide retrocedió.
– Largo de aquí -le ordenó apretando los dientes-. No te pedí que vinieras. No quiero verte.
