
– ¡Mata a ese ladrón de minas, Soaky! -bramó alguien-. Desfigúralo para que ni su madre lo reconozca.
Un puño impactó contra un mentón.
Un hombre se tambaleó y perdió el equilibrio al topar con los baúles de Sarah. Se puso en pie y se abalanzó sobre suoponente sin advertir con qué había tropezado. La multitud turbulenta se movía de un lado a otro, arremolinándose, gritando y blandiendo los puños y las jarras de cerveza. Alguien tropezó pesadamente con una mula, que rebuznó y se apartó de un brinco.
– ¡Mata a ese hijo de perra!
– ¡Sí, mátalo!
Dos espectadores se subieron a los baúles de cuero de Sarah para poder ver mejor.
– ¡No! ¡Bájense de ahí! -gritó ella. Cuando se movió, uno de los borrachos la vio.
– ¡Por el amor de Dios, una mujer! ¡Me oís, muchachos, una mujer!
La pelea se interrumpió como si hubiera sonado una alarma de incendio.
– Una mujer…
– Una mujer… -La palabra pasaba de un hombre a otro mientras formaban un corro a su alrededor, como la niebla.
Sarah permanecía con la espalda pegada a la pared de la taberna, los pelos de la nuca erizados y aferrada a las cintas de la sombrerera mientras los hombres observaban embobados su falda, el sombrero y la cara como si nunca hubieran visto a una mujer.
– Buenas noches, caballeros -dijo Sarah a modo de saludo, haciendo alarde de valor.
Silencio. Los hombres seguían escrutándola boquiabiertos.
– ¿Alguien podría indicarme dónde está la casa de la señora Hossiter?
– ¿Hossiter? -repitió una voz ronca-. ¿Alguien conoce a una mujer llamada Hossiter? -Sobre el grupo se elevó un murmullo y todos sacudieron la cabeza-. Lo siento, señorita. ¿Cómo se llama su esposo?
