
– Me temo que no lo sé, pero el nombre de mi hermana es Adelaide Merritt y trabaja para ellos.
– Nadie llamado Merritt vive por aquí. Ni tampoco Hossiter. No hay más de veinticinco mujeres en este cañón y las conocemos a todas, ¿verdad, muchachos?
Los hombres asintieron con la cabeza.
– ¿Qué hace su hermana?
– Trabajo doméstico y, sin lugar a dudas, dijo que su patrona se llamaba señora Hossiter.
– ¿Ha dicho patrona? -La voz del hombre mostraba un vivo interés. Extendió los brazos y empujó al grupo hacia atrás-. Vamos, muchachos, no acorraléis a la dama, dejad que salga a la luz para que la podamos ver mejor. Mi nombre es Shorty Reese, señorita, y haré todo lo que pueda para ayudarle a encontrar a su hermana. -Se quitó el sombrero, la cogió del brazo y la llevó hasta el pie de los escalones, donde la luz de la taberna iluminaba la escena. Allí, Sarah vio que era un cuarentón de rostro arrugado, sin un diente y vestido con ropa sucia.
– Si me permiten, en esos baúles tengo una fotografía de mi hermana. Tal vez alguno de ustedes la reconozca.
Los hombres retrocedieron y dejaron que desabrochara la hebilla de uno de los baúles, del que extrajo un daguerrotipo de color sepia de Adelaide y ella hecho cinco años antes. Se lo entregó a Shorty Reese.
– Tiene veintiún años, pelo rubio y ojos verdes.
Shorty volvió el daguerrotipo hacia la luz, ladeó la cabeza y lo observó detenidamente.
– Pero si es Eve -declaró-, una de las chicas de Rose, pero no es rubia. Su pelo es tan negro como el final de la galería Número Catorce.
– ¿Eve?
– Así es. ¿No es verdad, muchachos? -Pasó la fotografía para que los demás la vieran.
– Claro que es Eve.
– Ajá, es ella.
– Es Eve. -El retrato volvió a las manos de Sarah-. Puede encontrarla en Rose's, en el extremo norte de la calle Main, a la izquierda. ¿Le importaría decirme, señorita, si también piensa trabajar para Rose?
