
Acababa de cerrar la puerta cuando Sam Peoples entró con el segundo baúl.
– No he probado bocado desde el mediodía -dijo Sarah-. ¿Podría comer algo?
– El co… comedor está cerrado, lo siento. Abrirá por la mañana.
– Vaya -se lamentó desilusionada.
Peoples retrocedió hacia la puerta.
– Como sabe, no hay muchas mu… mujeres en Deadwood. Será mejor que cie… cierre la puerta con la tranca. -Señaló un voluminoso tablón de madera apoyado en un rincón-. Buenas noches. Es un pla… placer tenerla aquí.
– Gracias, señor Peoples. Buenas noches.
Cuando el hombrecillo hubo cerrado la puerta, Sarah estudió los toscos soportes de madera que había a ambos lados de la puerta. La tranca era muy pesada. La levantó con esfuerzo y la colocó en su sitio; hecho esto, se volvió hacia la habitación suspirando. Se dejó caer en el borde de la cama, se hundió en ella para comprobar su flexibilidad y se echó hacia atrás con un brazo doblado sobre la cabeza. Cerró los ojos. De las cinco noches de viaje, sólo dos había dormido en una cama. Otras dos las había pasado envuelta en su abrigo, en el suelo de las cabañas de troncos que son las estaciones de las diligencias, y la otra a bordo de la misma diligencia, doblada como el metro plegable de un carpintero sobre el duro asiento forrado de piel de caballo. Su última comida decente la había ingerido el mediodía del día anterior en Hill City y había consistido en pan, café y carne de venado. La ración de ese día había consistido en tocino y café frío para desayunar, y galletas secas con agua del arroyo de Box Eider para comer. Se había dado un baño por última vez hacía nueve días, en St. Louis y olía… era consciente… a caballo viejo.
«Arriba, Sarah, el día aún no ha terminado.»
Reprimiendo un quejido, se puso de pie. La jarra y el tazón estaban vacíos. Salió al pasillo, pero en la lata tampoco había agua: «sólo por la mañana», recordó las palabras de Peoples y volvió al cuarto para sacudir el polvo de su ropa de lana, peinarse y limpiarse la cara con un paño seco. Volvió a ponerse el sombrero, se pasó la horquilla por el moño, cogió el bolso de organdí con los bonos de la Wells Fargo, el reloj de su padre y su pluma y abandonó la habitación.
