
Las escaleras, que empezaban justo detrás del mostrador, conducían a la boca de un pasillo estrecho y oscuro. A mitad de camino, una única lámpara de queroseno colgaba de un gancho en la pared; en el piso inferior al que llegaron Sarah y Peoples había una tinaja con una tapa destinada a recoger las aguas residuales. Peoples guió a Sarah hasta su habitación, abrió la puerta y se quedó a un lado, cediéndole el paso.
– El a… agua está en una palangana en el pasillo, sólo por la mañana, y puede verter el agua sucia en la tinaja del piso inferior a éste. Las cerillas están en la pared, a su izquierda. Enseguida le traeré el otro baúl.
Una vez Peoples hubo salido de la habitación, Sarah encontró la caja de latón de las cerillas, encendió la lámpara que había junto a la cama y examinó el cuarto bajo la luz anaranjada y humeante. «Dios Santo, ¿dónde me he metido?» Las paredes eran tan austeras como las del vestíbulo, tablas sin pintar con agujeros a través de los cuales se formaban corrientes de aire. Las vigas del techo quedaban al descubierto. La ventana no tenía cortinas ni el suelo alfombras; la cama era de muelles oxidados y en la mesita de noche había sólo una lámpara… a nadie se le había ocurrido poner ni un tapete. A falta de una colcha, la cama estaba cubierta por una manta verde de lana; gracias a Dios la almohada tenía una funda de muselina. Apartó la manta y descubrió sábanas de muselina y un auténtico colchón relleno de paja y algodón. Suspiró con alivio. También había una cómoda con una jarra y un tazón encima. Abrió la puerta inferior del mueble y encontró una palangana de porcelana con cubierta.
