– ¡Eh…! -Niki esboza una sonrisa-. ¿Qué haces?

– Tengo ganas de…

– Entonces iremos al infierno…

– Al paraíso, perdona, porque si te llamo amor tengo salvoconducto…

Niki hace burbujas con los labios, como si fuese una niña pequeña y borbotease porque no sabe realmente qué decir, como si tuviera la necesidad de que le presten atención. Y de que la quieran. Alex la mira risueño.

Hace más de un año que regresaron a Roma, y desde entonces todos los días han sido diferentes. Da la impresión de que ambos se han tomado al pie de la letra esa canción de los Subsonica: «Debemos evitar a toda costa que la costumbre se instale entre nosotros, entre las frases de dolor y alegría, en el deseo, debemos rechazarla en todo momento…»

Niki se matriculó en filología, empezó a estudiar en seguida, y ha hecho ya varios exámenes. Alex, por su parte, volvió al trabajo, pero el tiempo que pasaron en la Isla Azul los marcó, los hizo mágicos, les dio una gran seguridad… Sólo que a Alex, algunos días después de regresar, le pareció extraño volver sin más a la consabida y vieja realidad. Y tomó una decisión. Quiso dejarlo todo a sus espaldas para que ninguna de las páginas de su nueva vida pudiese tener el regusto del pasado.

Así pues, ese día se produjo la magnífica sorpresa.

– Alex, parecemos dos chalados…

– De eso nada… No pienses y ya está.

– Pero ¿cómo no voy a pensar?

– No pienses y punto. Hemos llegado.

Alex se apea del coche y se apresura a rodearlo.

– Espera, te ayudo.

– Claro que me ayudas… ¡Si te parece, bajo sola del coche con los ojos vendados! Quizá salga por el lado equivocado, después cruce la calle y…

– ¡Amor! No lo digas ni en broma… Pero bueno, si eso llegase a suceder, nunca te olvidaría.

– ¡Imbécil!

Niki, con los ojos todavía vendados, prueba a asestarle un golpe en el hombro, pero como no ve, da en el aire. Después vuelve a intentarlo y esta vez le hace blanco en el cuello.



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