
Alex mira a Niki, que suspira y se da media vuelta en la cama como si hubiese sentido todos sus recuerdos. Acto seguido vuelve a exhalar un suspiro, esta vez más prolongado, y sigue durmiendo como si nada. Entonces Alex regresa a la isla como por encanto, se ve delante del fuego que encendieron en la playa esa misma noche, comiendo el pescado fresco del día que asaron sobre la leña que habían recogido en un matorral cercano. Después permanecieron durante horas frente a las llamas que se fueron apagando poco a poco, escuchando la respiración del mar, y se bañaron a la luz de la luna en los charcos que había dejado tras de sí la marea alta. El sol había calentado durante todo el día el agua de mar que había quedado aprisionada.
– Ven, vamos, entremos en la cueva secreta; mejor dicho, en la cueva de los reflejos o en la cueva del arco iris… -Han atribuido un nombre a todos los rincones de la playa, desde los charcos naturales a los árboles, a las rocas y a los escollos-. ¡Sí, eso es, el peñasco elefante! -Sólo porque tiene una extraña curva que recuerda a una cómica oreja-. Ése, en cambio, es el escollo luna, y ése el gato… ¿Reconoces ése?
– No, ¿qué es?
– Es el peñasco del sexo… -Niki se acerca y muerde a Alex.
– Ay, Niki…
– Qué aburrido eres… ¡Creía que en esta isla viviríamos como los protagonistas de El lago azul!
– La verdad es que yo pensaba más bien en Robinson y en su Viernes…
– ¿Ah, sí?… ¡En ese caso imitaré a un salvaje de verdad! -y vuelve a morder a Alex.
– Ah, pero, Niki…
Perder el sentido de los días, de las noches, del fluir del tiempo, la ausencia de citas, comer y beber tan sólo cuando se siente la verdadera necesidad de hacerlo, vivir sin problemas, discusiones o celos.
– Esto es el paraíso…
– Puede que sí; en cualquier caso, tenemos que acercarnos mucho…
