Alex le coge la mano y le muestra el resto de la casa: el salón, la cocina, los cuartos de baño, todas las cosas que todavía deben elegir juntos. Entran en el dormitorio de él.

– Es precioso…

Alex ve su agenda sobre la mesilla de noche. Recuerda lo que ha escrito en ella, las palabras y las tontas e inútiles pruebas que ha hecho en su despacho. Y luego esa frase: «En la vida hay un instante en que se sabe perfectamente que ha llegado el momento de saltar. Ahora o nunca. Ahora, o nada será como antes. Y el momento es éste.» Saltar. Saltar. De improviso, su voz. De nuevo ahora, esa noche.

– Alex…

Se vuelve hacia ella.

– ¿Eh? Sí, cariño, dime…

Niki tiene los ojos ligeramente entornados.

– ¿Qué hora es? ¿Por qué no duermes?

– Estoy pensando…

– De vez en cuando, deberías dejar de trabajar, amor mío… Eres incorregible…

Niki se vuelve poco a poco hacia el otro lado, mostrando parcialmente sus piernas y encendiendo en un instante su deseo. Alex esboza una sonrisa. No. La dejaré descansar.

– Duerme, tesoro. Te quiero…

– Mmm… Yo también.

Una última mirada a la agenda. Ahora o nunca. Y Alex se desliza bajo las sábanas con una sonrisa en los labios, como si todo hubiese ocurrido ya. Y la abraza por detrás. Niki también sonríe. Y él estrecha el abrazo. Sí. Es lo correcto.

Dos

– Amor, tengo que marcharme… Ven, vamos, el desayuno está listo.

Niki vierte un poco de café de la cafetera humeante en las dos tazas grandes e idénticas. Llega Alex. Se sienta todavía medio dormido delante de ella. Niki le sonríe.

– Buenos días, ¿eh?… ¿Has dormido bien?

– Más o menos…

– No sé por qué, pero creo que volverás a meterte en la cama…

– De eso nada, yo también tengo que salir.

Niki acaba de servir el café y vuelve a sentarse.



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