
– Eh, Erica, por si te pillan, ¿ese cuchillo mide menos de cuatro dedos…?
Niki se ríe mientras la ayuda. Mete una rodaja de limón en cada Coronita y ¡chin chin!, brindan entrechocando con fuerza las botellas y alzándolas a las estrellas. Luego sonríen con los ojos casi cerrados, soñando. Niki es la primera en beber. Respira profundamente y recupera el aliento. Mis amigas son fuertes, y se seca la boca. Es bonito poder contar con ellas. Con la lengua lame una gota de su cerveza.
– Chicas, sois guapísimas… ¿Sabéis qué? Necesito amor.
– Necesitas un polvo, querrás decir.
– No seas borde -interviene Diletta-, ha dicho amor.
– Sí, amor -prosigue Niki-, ese misterio espléndido, desconocido para ti…
Olly se encoge de hombros.
En efecto, piensa Niki, necesito amor. Pero tengo diecisiete años, dieciocho en mayo. Todavía estoy a tiempo…
– Un momento, un momento, esperad que ahora me toca desfilar a mí…
Y Niki recorre resuelta la estrambótica acera-pasarela entre sus amigas que silban, se ríen y se divierten con esa extraña y espléndida pantera blanca a la que, al menos hasta ahora, nadie ha golpeado todavía.
– Cariño, ¿estás en casa? Perdona que no te haya avisado, pero creía que iba a volver mañana.
Alessandro entra en su casa y mira alrededor. Ha regresado antes a propósito con deseo de ella, pero también con ganas de sorprenderla con otro. Hace ya demasiado tiempo que no hacen el amor. Y, a veces, cuando no hay sexo, ello no significa sino que hay otra persona. Alessandro camina por la casa, pero no encuentra a nadie, en realidad no encuentra nada. Dios mío, ¿acaso han entrado ladrones? Después ve una nota sobre la mesa. Su letra.
