
Después, antes de que la bolsa se desborde del todo, se dirige hacia los contenedores. Caramba, no sabía que hubiese de tantas clases… Vidrio, plástico, papel, basura sólida, basura orgánica. Caray. Precisos. Organizados. ¿Y dónde meto yo esto? Son todas cosas diversas. Bah. El amarillo me parece perfecto. Stefano se acerca y pisa el pedal para abrirlo. La tapa se levanta de golpe. El contenedor está lleno. Stefano se encoge de hombros, lo cierra de nuevo y deja la bolsa en el suelo. Vuelve a subir al coche. Mira de nuevo a su alrededor. Así está mejor. Bueno, no. Quizá debiera pasar también por el túnel de lavado. Mira el reloj. No, no, es tarde. Carlotta ya me debe de estar esperando. Y no puedes hacer esperar a una mujer en la primera cita. Stefano cierra el portaequipajes, vuelve al coche, arranca. Pone un CD. Piano y orquesta número 3, op. 30, tercer movimiento, de Rachmaninov. Ya está. Ahora todo es perfecto. Cuando Carlotta me vea llegar con este «Rach 3» se desmayará, como en
Shine. Embrague. Estupendo. Acelerador. Y se va. Gran noche. Y gran seguridad también al volante.
Un gato bicolor camina afelpado y curioso. Ha permanecido escondido hasta que el coche se ha ido. Después ha salido y, de un salto preciso, ha comenzado su paseo de contenedor en contenedor. Algo llama su atención. Se acerca. Empieza a restregarse, a observar, sigue husmeando. Se rasca una oreja mientras pasa una y otra vez junto a la esquina del ordenador. Desde luego, ésa sí es una basura extraña.
La música sale fuerte y estridente de los bailes del Aixam.
– ¡Naomi!
– Se me da bien, ¿eh? -Sonríe Niki.
Diletta bebe un sorbo de cerveza.
– Deberías dedicarte en serio a lo de ser modelo.
– Pasa el tiempo, un año, una se engorda…
– ¡Olly, eres una envidiosa! Te fastidia que desfile tan bien, ¿o qué? Pero sabes de sobra que esta…, es la hostia. ¿Cómo se llama?