Bob Shaw

Periplo nocturno

I

Una noche de invierno, cruda y helada, había caído sobre New Wittenburg, ejerciendo dura presión sobre las inhóspitas calles, depositando irregulares capas de escarcha sobre el de­sierto hormigón de la terminal del espacio.

Tallon se apoyó contra la ventana de su cuarto, mirando al exterior. Las largas horas de la noche yacían ante él, y se pre­guntó cómo iba a superarlas. Ni siquiera la posibilidad de pasar a través de los ochenta mil portales que conducían a la Tierra podía aliviar su depresión. Había dormitado encima de las revueltas ropas de la cama por espacio de varias horas, y durante aquel tiempo el mundo parecía haber muerto. Daba la impresión de que el hotel estaba vacío.

Encendió un cigarrillo y exhaló un suave río de humo que discurrió llanamente a lo largo del cristal de la ventana. Unas pequeñas áreas circulares de condensación se formaron en el interior del cristal, centradas en gotitas que se pegaban al exte­rior ¿Vendrían a por él? La pregunta era un sordo dolor que le había mordido desde que se estableció el contacto, una se­mana antes.

Normalmente, las probabilidades de éxito habrían sido ele­vadas, pero esta vez sucedieron cosas que a Tallon no le gus­taron. Chupó con fuerza el cigarrillo, haciendo que crujiera débilmente. Había sido mala suerte que McNulty sufriera un ataque cardíaco precisamente entonces; pero había sido tam­bién un error por parte de alguien en el Bloque. ¿Qué diablos estaban haciendo, situando a un hombre en el campo sin haberse asegurado plenamente de que no podría enfermar? McNulty se había asustado después de sufrir el ataque y había realizado una transferencia tan poco ortodoxa que seguía asombrando a Tallon cada vez que pensaba en ella. Aplastó el cigarrillo bajo la suela de su zapato y juró que alguien pagaría por el error cuando regresara al Bloque. Si lograba regresar al Bloque.



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