Con un esfuerzo consciente se negó a sí mismo otro cigarri­llo. La habitación parecía haberse encogido durante la semana que había permanecido allí. En Emm Lutero, los hoteles esta­ban en el lugar más bajo de la escala en lo que a comodidades respecta. Su habitación no era cara, pero sólo contenía una cama con una sucia cabecera y unos cuantos muebles desven­cijados. Una telaraña oscilaba desamparadamente del tubo del aire caliente. Las paredes estaban pintadas de color verde bu­rócrata: el color de la desesperación.

Sorbiendo aire a través de sus dientes en un siseo de disgus­to, Tallon regresó a la ventana y apoyó su frente contra el he­lado cristal. Miró al exterior a través de las palpitantes luces de la ciudad extraña, notando el sutil efecto de la mayor gra­vedad en la arquitectura de las torres y capiteles: un recorda­torio de que estaba lejos del hogar.

Entre aquí y la Tierra había ochenta mil portales, represen­tando incontables millones de años-luz; cortinas de sistemas estelares, capa sobre capa de ellos, hacían imposible localizar siquiera el racimo suelto del cual formaba parte el Sol. Lejos, demasiado lejos. Las lealtades quedaban demasiado adelgaza­das sobre aquellas distancias. La Tierra, la necesidad de nue­vos portales, el Bloque: a aquella distancia, ¿qué significaba todo ello?

De pronto, Tallon se dio cuenta de que tenía hambre. Pulsó un interruptor, se encendió la luz, y Tallon se contempló en el único espejo de la habitación. Sus lisos cabellos negros esta­ban ligeramente revueltos. El rostro alargado, más bien serio —que podría haber sido el de un calculista o de un intérprete de jazz con una inclinación hacia la teoría—, estaba sombrea­do por una barba incipiente, pero decidió que era improbable que llamara la atención. Momentánea e infantilmente compla­cido ante la idea de comer, se pasó un peine por los cabellos, apagó la luz y abrió la puerta.

Estaba a punto de salir al pasillo cuando llegó hasta él la primera premonición de peligro. En el hotel reinaba un silencio absoluto. Y ahora que pensaba en ello, ningún vehículo había pasado por la calle habitualmente transitada debajo de su ven­tana en todo el tiempo que llevaba aquí.



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