
La mañana siguiente. La soñolienta quietud del laboratorio de normas. El periódico extendido sobre el banco de pruebas chamuscado por cigarrillos e, increíblemente, el rostro de Myra mirándole desde las hojas de plástico. Su padre, un gigante triste y gruñón que había sido abandonado años antes por la madre de Myra, había asfixiado a Myra con una almohada y luego se había cortado las venas de las muñecas con una sierra circular portátil.
Colores disolviéndose, las penetrantes mareas de dolor, otra vez la música, y estaban bailando; pero en esta ocasión Myra se mostraba más torpe que nunca a pesar de la lentitud de los ritmos. Estaba fláccida y pesada. Tallon luchaba por sostenerla, y el aliento de Myra sollozaba y gorgoteaba en su oído…
Tallon gritó y engarfió sus dedos en los grasientos brazos del sillón.
—Ya vuelve en sí —dijo una voz—. Un tipo romántico, ¿verdad? Nunca puede saberse si te limitas a mirarles.
Alguien rió silenciosamente.
Tallon abrió los ojos. La habitación estaba llena de hombres con los uniformes grises de la fuerza de seguridad civil P.S.E.L. Portaban pequeñas armas, la mayoría de ellas con las embocaduras en forma de abanico de las pistolas-avispa, pero Tallon vio varias bocas circulares pertenecientes a un tipo de arma más tradicional. Los rostros de aquellos hombres reflejaban diversión y desdén, y algunos de ellos aparecían marcados aún con leves líneas sonrosadas dejadas por las máscaras que les protegían del gas psiconeural. Su estómago eructaba ruidosamente con cada movimiento respiratorio, pero Tallon encontró la náusea física insignificante comparada con el torbellino emocional que todavía sacudía sus sentidos. El shock físico estaba mezclado con una insoportable sensación de ultraje, de haber sido invadido, abierto en canal y clavado a la mesa de disección como un ejemplar de laboratorio. Myra, amor mío… lo siento. Oh, bastardos, sonrientes y asquerosos…
