
Tallon no tuvo que esperar mucho.
Su primera noción de que estaba bajo los efectos de un ataque llegó cuando se encontró bailando con Myra, una muchacha que había muerto en la Tierra hacía veinte años.
No, susurró, no quiero esto. Pero ella estaba en sus brazos, y giraban lentamente en la penumbra multicolor del Stardust Room. Tallon trató de sentir la dura presión de la silla en la desaseada habitación del hotel en Emm Lutero, pero el esfuerzo resultó inútil, ya que aquello formaba parte de un futuro todavía muy lejano.
Súbitamente era mucho más joven, trabajando aún para graduarse en electrónica, y tenía a Myra entre sus brazos. Todo era real. Sus ojos se llenaban de embeleso con el espectáculo de la cascada de cabellos dorados de Myra, de sus ojos color whisky. Se movían lenta y dichosamente al ritmo de la música, con Myra, como siempre, perdiendo un poco el compás. Como pareja de baile era una calamidad, pensó Tallon cariñosamente, pero tendría mucho tiempo para solucionar aquello cuando estuvieran casados. Entretanto, le bastaba con deslizarse con ella a través de brumas de color pastel y parpadeos de estrellas.
El salón de baile se alejó ostensiblemente. Otro momento, otro lugar. Estaba sentado en el cómodo y antiguo bar de Berkeley, esperando a Myra. Oasis de luz anaranjada reflejándose sobre paredes artesonadas con maderas oscuras. Myra se estaba retrasando demasiado, y él sentía aumentar su irritación. Myra sabía dónde la esperaba, de modo que si por cualquier motivo no podía acudir a la cita podía telefonearle al menos. Probablemente empezaba a sentirse demasiado segura de los sentimientos de Tallon, esperando que él fuera a su casa a enterarse de lo que había motivado su ausencia. Bueno, le daría una lección. Empezó a beber decididamente, vengativamente… y el horror iba en aumento, extendiéndose como una mancha oscura a pesar de sus frenéticos esfuerzos por impedirlo.
