—¿Dónde está la munición para esta arma?

—Allí. La tiré al cubo de la basura.

—Comprendo —dijo Cherkassky, agachándose para recupe­rar el cargador—. La ocultó usted en el cubo de la basura.

Tallon se removió en su asiento, inquieto. La cosa era de­masiado infantil para ser cierta.

—La tiré al cubo de la basura. No la quería. No quería cau­sar problemas —afirmó, sin levantar la voz.

Cherkassky asintió con una sonrisa.

—Eso es lo que yo diría si estuviera en su situación. Sí, es casi lo mejor que podría decir—. Deslizó el cargador en la cu­lata de la pistola y se la entregó al sargento—. No pierda esto, sargento. Es una prueba.

Tallon abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla bruscamente. El mismo infantilismo de los procedimientos era una parte importante de la técnica. No hay nada más irritante, más frustrante, que verse obligado a actuar como un adulto mientras todo el mundo a nuestro alrededor se comporta con una malicia juvenil. Pero él lo encajaría todo sin derrumbarse.

Siguió un largo silencio durante el cual Cherkassky le ob­servó atentamente. Tallon permaneció completamente inmó­vil, tratando de rechazar las ráfagas de brillantes recuerdos que le asaltaban ocasionalmente, imágenes de Myra llena de vida, con su piel blanca y sus ojos color whisky. Adquirió conciencia de los barrotes del asiento hundiéndose en la parte posterior de sus piernas, y se preguntó si cualquier movimiento por su parte provocaría el impacto múltiple de una pistola-avispa. La mayoría de las autoridades la consideraban como un arma humanitaria, pero Tallon había interceptado en cierta ocasión y accidentalmente una carga entera de los diminutos dardos llenos de droga, y la subsiguiente parálisis le había cau­sado treinta minutos de agonía.

A medida que el silencio se prolongaba sin que se efectuara ningún preparativo para sacarle del hotel, Tallon empezó a preocuparse. Miró a su alrededor, intentando descubrir una pista, pero los rostros de los agentes de la P.S.E.L. permane­cían profesionalmente impasibles. Cherkassky se movía de un lado a otro con aire de satisfacción, sonriendo y apoyándose contra la pared cada vez que sus ojos se encontraban con los de Tallon.



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