Tallon empezó a notar una extraña sensación que afectaba a la piel de su frente y de sus mejillas, una sensación de frío mezclada con oleadas de pinchazos pasando a través de los poros individuales. He sido graduado, pensó; estoy teniendo mi primer sudor frío.

Unos segundos más tarde la puerta se abrió de golpe y en­tró un hombre uniformado llevando una pesada caja de metal gris. La depositó sobre una silla, echó una breve ojeada a Tallon y se marchó. Cherkassky chasqueó sus dedos y el sargen­to rubio abrió la caja, dejando al descubierto un tablero de mandos y varias bobinas de plástico. En una bandeja poco profunda, los diez terminales circulares de un lavacerebros bri­llaban como bisutería barata.

—Ahora, Tallon… ha llegado el momento de la verdad —dijo Cherkassky, hablando en el tono de un hombre de negocios.

—¿Aquí? ¿En el hotel?

—¿Por qué no? Cuanto más tiempo conserve la informa­ción en su cerebro, más posibilidades tendrá de transmitirla a otra persona.

—Pero hace falta un psicólogo adiestrado para aislar cual­quier secuencia específica de pensamientos —protestó Tallon—. Puede usted destruir zonas completas de mi memoria que no tienen nada que ver…

Se interrumpió mientras la cabeza de Cherkassky empeza­ba a oscilar ligeramente sobre su cuello de pavo; era evidente que se sentía muy satisfecho de sí mismo. Tallon profirió una maldición que no llegó a convertirse en palabras. Se había pro­puesto encajarlo todo en silencio, absorber todo lo que le echaran… y había empezado a gimotear antes incluso de que le tocaran. Demasiado para la corta y espectacular carrera de Tallon, el Hombre de Hierro. Apretó los labios y miró fija­mente hacia delante mientras Cherkassky colocaba los enla­zados terminales en su cabeza. El sargento dio una señal, y el círculo de uniformes grises se retiró hacia el pasillo, haciendo que la habitación resultara súbitamente más amplia y más fría. A la mortecina luz, la telaraña oscilaba perezosamente, colga­da del tubo del aire caliente.



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