Permane­ció sentado escuchando el susurro del aire y el infrecuente ge­mido de los servocontroles, y acabó por adormilarse, con un sueño intranquilo. Le despertó el rugido de los motores, forzados al máximo e imprimiendo fuertes vibraciones a toda la estructura del avión. Tallon se agarró a los brazos de su asiento. Transcurrieron unos segundos de inenarrable ansiedad en su privado mundo nocturno antes de que comprendiera lo que estaba ocurriendo: la enorme aeronave estaba efectuando un aterrizaje vertical. En la gravedad de Emm Lutero, aquella maniobra implicaba un gasto tan prodigioso de combustible que sólo podía realizarse en un caso de emergencia… o para aterrizar donde no hubiera espacio ni siquiera para un modelo primitivo de avio­neta. Tallon decidió que habían llegado al Pabellón.

Descendiendo los peldaños desde la puerta de pasajeros, la primera impresión de Tallon fue la de un aire muy cálido en contraste con los vientos helados del invierno de New Wittenburg. Había olvidado que el vuelo de casi dos mil kilómetros lo llevaba cerca del trópico del planeta. Mientras era guiado a través de una zona de suelo hormigonado, con el calor pene­trando a través de las suelas de sus delgadas botas, Tallon sin­tió la proximidad del mar con repentina angustia. Siempre le había gustado contemplar el mar. Le condujeron a través de un portal y a lo largo de una serie de resonantes pasadizos, y finalmente le introdujeron en una habitación silenciosa, donde le sentaron en una silla. Los pasos de sus acompañantes se alejaron. Preguntándose si estaba solo, Tallon volvió su cabe­za de un lado a otro, consciente de su absoluta indefensión.

—Bueno, Tallon, esto es casi el final de la línea para usted. Supongo que se alegrará de poder descansar un poco.

La voz era recia y profunda. Tallon visualizó a su dueño como a un hombre robusto de unos cincuenta años. Lo impor­tante era que le habían hablado personalmente, y sin animosi­dad. Otra mente humana estaba explorando a través de la oscuridad. Abrió la boca para contestar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. Asintió con la cabeza, sintiéndose como un colegial.



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