
Descendiendo los peldaños desde la puerta de pasajeros, la primera impresión de Tallon fue la de un aire muy cálido en contraste con los vientos helados del invierno de New Wittenburg. Había olvidado que el vuelo de casi dos mil kilómetros lo llevaba cerca del trópico del planeta. Mientras era guiado a través de una zona de suelo hormigonado, con el calor penetrando a través de las suelas de sus delgadas botas, Tallon sintió la proximidad del mar con repentina angustia. Siempre le había gustado contemplar el mar. Le condujeron a través de un portal y a lo largo de una serie de resonantes pasadizos, y finalmente le introdujeron en una habitación silenciosa, donde le sentaron en una silla. Los pasos de sus acompañantes se alejaron. Preguntándose si estaba solo, Tallon volvió su cabeza de un lado a otro, consciente de su absoluta indefensión.
—Bueno, Tallon, esto es casi el final de la línea para usted. Supongo que se alegrará de poder descansar un poco.
La voz era recia y profunda. Tallon visualizó a su dueño como a un hombre robusto de unos cincuenta años. Lo importante era que le habían hablado personalmente, y sin animosidad. Otra mente humana estaba explorando a través de la oscuridad. Abrió la boca para contestar, pero de su garganta no brotó ningún sonido. Asintió con la cabeza, sintiéndose como un colegial.
