Sus ojos no le dolían ya, pero los nervios lastimados se­guían proyectando pseudoimágenes, algunas de las cuales eran fogonazos de color dolorosamente brillantes. Tallon se preguntó cuanto tiempo pasaría antes de que le proporciona­ran adecuada asistencia médica. Hasta que oyó el ruido de la puerta al cerrarse de golpe no se preguntó a dónde le llevaban. Decidió que sólo existía una posibilidad: el Pabellón.

La prisión reservada para los enemigos políticos de Emm Lutero se encontraba en el extremo más meridional del conti­nente. Originalmente había sido la residencia de invierno del primer Moderador Temporal, que se había propuesto “relle­nar” la región pantanosa que unía el islote rocoso a la tierra firme. Pero había cambiado de opinión y se había trasladado al norte. En aquella primera época de la colonización, cuando los materiales para la construcción escaseaban, algún desco­nocido funcionario había visto las posibilidades del Pabellón como prisión a prueba de fugas. Varias cargas explosivas per­fectamente situadas habían roto el espinazo de la pequeña pe­nínsula, permitiendo que las cálidas aguas del Mar Erfurt pe­netraran en ella. Al cabo de unos cuantos años, la zona panta­nosa original se había convertido en un súper marjal que sólo podía ser cruzado por el aire.

En el Pabellón había menos prisioneros ahora que en los años en que habían empezado a actuar los actuales jerifaltes políticos. Y la previsión del funcionario se había cumplido: no se había producido una sola fuga.

Tras un despegue sumamente suave y una breve ascensión, la aeronave estabilizó su marcha, con los motores casi silen­ciosos; de no haber sido por una ocasional sensación de hun­dimiento provocada por algún bache, Tallon no se hubiera en­terado de que estaba moviéndose a través del cielo.



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