
El oleaje se oía con más fuerza cuando podía relajar su atención de lo que le preocupaba; advirtió que su suposición —el rompeolas— era justificada. Las olas imprimían un enloquecedor balanceo de arriba abajo a su insólita balsa; esto no lo fastidiaba pero tampoco le causaba placer. Lo que necesitaba en realidad era un movimiento horizontal; comparándolo con el anterior, este movimiento fué mucho más lento, al menos hasta que disminuyó la profundidad del agua.
Esperó largo rato, después que su conductor cesó de moverse, temiendo a cada momento verse arrastrado a la zona profunda, pero nada de esto ocurrió y, gradualmente, el ruido de las olas comenzó a disminuir, al tiempo que disminuía también el agua que caía sobre él. El Cazador imaginó que la tormenta estaba amainando. En realidad, se produjo un viraje de la corriente, pero eso no cambiaba su situación.
Cuando, por el efecto combinado del alba, que se aproximaba, y de las nubes de tormenta, menos cargadas ahora, hubo luz suficiente para ver a su alrededor, su difunto anfitrión se hallaba fuera del alcance de las olas más grandes. El foco de los ojos del tiburón, al encontrarse fuera del agua, se había desplazado de su propia retina, pero el Cazador descubrió que la nueva superficie focal se encontraba dentro del globo del ojo y construyó con sus tejidos una retina que colocó en el lugar apropiado. Los lentes perdieron algo de su perfección, pero, al modificar su curvatura con su materia corporal, pudo observar los alrededores sin exponerse a miradas extrañas.
A través de las grietas que se habían producido en las nubes podían verse unas pocas estrellas, de las más brillantes, que aún eran visibles contra el fondo gris del amanecer que se acercaba. Lentamente, estas aberturas se fueron agrandando y, cuando el sol apareció en el cielo, había aclarado, aunque el viento soplaba aún con fuerza.
