Su ubicación no era ideal, pero podía observar una buena parte de los alrededores. En una dirección, la playa se extendía un corto trecho hasta una hilera de altos y delgados árboles coronados por plumosos penachos de hojas. No alcanzaba a ver lo que había más allá de éstos, no porque fueran tan espesos como para obstruir la visión, sino debido al bajo nivel a que se encontraba. En dirección opuesta se distinguían los restos de una playa abandonada y se percibía el rugido del fuerte oleaje. El Cazador no podía ver el océano pero lo ubicaba perfectamente. Hacia ver de la derecha había una masa de agua que, supuso, sería una pequeña laguna formada por la tormenta y que ahora se volcaba en el mar a través de una abertura demasiado estrecha o demasiado empinada como para que la alcanzara el oleaje. Esta fué probablemente la causa de la presencia del tiburón en ese paraje; había quedado encerrado en la laguna cuando bajó la marea, sin poder salir.

En varias ocasiones escuchó unos chillidos roncos; vio que había pájaros arriba. Esto le agradó sobremanera; sin duda existían formas de vida superior a la de los peces en este planeta y había esperanzas de conseguir un anfitrión más adecuado. Lo mejor sería encontrar un ser inteligente ya que, por lo general, una criatura de este tipo es más capaz de protegerse a sí misma. Además, habría seguramente mas probabilidades de viajar, lo cual le facilitaría la búsqueda del piloto del otro aparato, que había desaparecido. Era muy posible, sin embargo —y el Cazador tenía plena conciencia de ello—, que tropezaría con serias dificultades para introducirse en el cuerpo de un ser inteligente que no estuviera acostumbra a la simbiosis.

De todos modos, tendría que esperar la ocasión indicada. Suponiendo que hubiera seres inteligentes en este planeta, podría suceder que nunca llegaran, hasta ese lugar en particular; y aunque viniera quizá no los reconocería a tiempo para sacar provecho de la situación.



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