Entonces comprendió por qué se habían ido las gaviotas. Una cantidad de seres de tamaño considerablemente mayor llegaban desde la zona arbolada. Eran bípedos. El Cazador calculó, con su facilidad habitual, que el mayor de ellos debía pesar unas ciento veinte libras, esto significaba que si agregaba su propia masa a la de aquél, la diferencia de peso sería casi inestimable. Un cuadrúpedo más pequeño se adelantaba y corría en dirección al tiburón muerto emitiendo largos y agudos gritos. El Cazador le adjudicó alrededor de cincuenta libras y clasifico mentalmente esta información para emplearla ulteriormente.

Los cuatro bípedos también corrían, pero no tan rápidamente como el animalito que los precedía. Cuando se aproximaron, el observador oculto los examinó cuidadosamente, a medida que los veía mejor sentíase más contento. Eran capaces de desplazarse a una velocidad regular; el tamaño de sus cráneos prometía una inteligencia considerable; si estaba ubicado allí el cerebro en esa raza; carecían, aparentemente, de toda protección para su piel, lo cual dejaba entrever que el acceso a través de los poros sería muy sencillo. Cuando se detuvieron junto al cuerpo del pez martillo, dieron otra manifestación de inteligencia al intercambiar sonidos articulados que, sin duda, constituían su lenguaje. El Cazador estaba encantado. Nunca hubiera sospechado que semejante anfitrión — verdaderamente ideal— aparecería tan pronto.

Por cierto que aún le quedaban problemas por resolver. Era casi imposible que estas criaturas estuviesen acostumbradas a la simbiosis, al menos a la forma de simbiosis practicada por los congéneres del Cazador.



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