
Sería mejor esperar, varios días si fuera necesario y observar qué clase de seres frecuentaba la localidad; después, podría hacer planes para invadir aquel que respondiera mejor a sus exigencias. El tiempo no era un factor vital; existía la misma imposibilidad de abandonar el planeta tanto para el Cazador con para su presa y la búsqueda prometía ser pesada aburrida. Era evidente que el tiempo que empleara para una cuidadosa preparación daría buenos fruto, Siguió esperando. El sol ya estaba alto y el viento fué transformándose lentamente hasta convertirse en una suave brisa. Hacía bastante calor. Sabía que muy pronto reacciones químicas en la carne del tiburón. Había ya indicios de ello, si el sentido del olfato fuera común a muchos seres de este planeta, era seguro que llegarían visitas en un corto plazo. El Cazador hubiera podido impedir el proceso de descomposición consumiendo las bacterias que lo producen, pero no se hallaba especialmente hambriento y, por cierto, no le molestaban las visitas. ¡Al contrario!
CAPITULO 2 — REFUGIO
Los primeros visitantes que llegaron fueron las gaviotas. Bajaron una a una, atraídas por el olor que despedía el pez en descomposición, y comenzaron a despedazarlo. El Cazador se replegó hacia las partes interiores del tiburón y no intentó siquiera arrojar de allí a las aves, aun cuando lo privaron del contacto visual con el mundo exterior al abalanzarse sobre los ojos del enorme pez. De todos modos, le sería igualmente posible advertir la llegada de otros visitantes; si no venían, le convenía que estuvieran las gaviotas allí.
Los voraces pájaros continuaron su tarea hasta la mitad de la tarde sin realizar progresos notables, ya que la áspera piel resistía a los picotazos. Sin embargo no cejaron en su empeño y, de pronto, cuando se fueron volando en un solo grupo, el Cazador pensó que debía haber algo más interesante en la vecindad. Rápidamente, rompió un fragmento del tejido de las branquias para fabricarse un ojo y miró con precaución a través de él.
