Este pensamiento lo impulsó a actuar inmediatamente. Un seudópodo delgado como un hilo, comenzó a deslizarse rápidamente en dirección a la laguna, debajo de la arena, a una o dos pulgadas de la superficie. El ojo siguió funcionando, hasta que la mayor parte de ese cuerpo gelatinoso cruzó ese espacio de unas cuatro yardas: luego formó un nuevo ojo, a ras del agua, y el Cazador reunió su cuerpo en una masa compacta, debajo del mismo. Esta operación duró algunos minutos; por cierto que el viaje a través de los granos de arena había resultado terriblemente tortuoso.

El agua estaba bastante clara y no era necesario que el ojo estuviera encima de la superficie para dirigir la acción. La masa de gelatina se moldeó rápidamente adquiriendo una forma alargada, semejante a la de un pez, con un ojo en la parte anterior; el Cazador nadó hacia el muchacho. Era muy sencillo para él ver debajo del agua. Podía usar un lente cóncavo de aire recubierto por una película de su propios tejidos; esta circunstancia lo volvía mucho más transparente que si estuviera compuesto solamente de aire.

Se proponía nadar en línea recta en dirección uno de los jóvenes, esperando pasar inadvertido también contaba con que sus esfuerzos para atravesar la piel del elegido no fueran notados en medio del agua que se arremolinaba y de los juegos de los muchachos, que se entregaban con placer a realizar movimientos de considerable violencia mientras nadaban y se sumergían. No tardó en advertir que la suerte dependía de la posibilidad de un contacto con una de aquellas criaturas, pues nadaban mucho más rápidamente que él. Entonces le pareció haber de cubierto un medio excelente para aproximarse. Vio que estaba a su lado una gran medusa, que se movía sin rumbo determinado, como lo hacen los seres su especie. Al desviar un momento su atención, reparó en que había una cantidad de cosas en las inmediaciones de ese lugar. Los bípedos debían considerarlas inofensivas puesto que de otro modo no estarían nadando allí.



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