
El Cazador modificó su forma y su movimiento para adaptarlos a los de la medusa; así pudo acercarse, lentamente, a la zona en donde jugaban los muchachos. Su color apenas difería del de los aguamares; pensó que sería mucho más importante cuidar la forma que el matiz. Sin duda pasaba inadvertido, pues se acercó bastante a uno de los bípedos sin causarle, aparentemente, ningún temor. Albergaba enormes esperanzas de establecer contacto de inmediato; extendió con gran precaución, un tentáculo y descubrió que el tegumento multicolor que recubría una parte de sus cuerpos era un producto artificial. Antes de que pudiera actuar, el objeto que analizaba se desplazó hacia un costado, alejándose varios centímetros. No obstante, no demostraba estar alarmado. El Cazador intentó acercarse una vez más, pero obtuvo igual resultado. Luego ensayó, por turno, con cada uno de los otros muchachos, experimentando la misma sensación de un cercano éxito, tan desagradable, por otra parte. Entonces, confundido por un fenómeno que parecía exceder los generosos límites de la fortuna, se alejó unos metros para observar y tratar de comprender la causa de lo que ocurría. En el término de cinco minutos llegó a la conclusión de que, si bien estas criaturas parecían no experimentar ningún temor a las medusas, evitaban su contacto. Por lo visto, había elegido un infortunado camouflage.
Roberto Kinnaird evitaba las medusas casi inconscientemente. Había aprendido a nadar a los cinco años; desde entonces, y en los nueve años siguientes, había acumulado suficiente experiencia respecto a esos molestos tentáculos y evitaba su proximidad. Se hallaba muy ocupado, tratando de hundir a uno de sus compañeros, cuando el Cazador lo rozó por primera vez y, aunque en seguida se movió al sentir en el agua, junto a él, aquella presencia gelatinosa, no le prestó mayor atención al hecho. Olvidó muy pronto el incidente, pero su atención se había dispersado a consecuencia del mismo y no se preocupó en evitar que esa cosa volviera a arrimársele.
