El Cazador seguía observando, ahora ansiosamente. ¿Acaso habían decidido descansar por fin esos peripatéticos seres? Por lo menos, eso parecía. Los cuatro bípedos se habían acomodado sobre la arena en distintas posiciones que debían resultarles muy confortables; el otro animal se acostó junto a uno de ellos, dejando descansar su cabeza sobre sus patas delanteras. La conversación que hasta ese momento había sido incesante se interrumpió, y el amorfo observador decidió actuar. Se desplazó rápidamente hasta el borde de la laguna.

El más próximo de los muchachos estaba a unas diez yardas de la orilla. No era posible seguir vigilando y al mismo tiempo deslizarse entre la arena hasta hallarse debajo del inmóvil cuerpo de su supuesto anfitrión. Debía, sin embargo, observar a los otros. Nuevamente, la mejor solución parecía ser el camouflage y, una vez más, la infaltable medusa resultaba adecuada. Había varias sobre la arena quizá si se moviera lentamente, imitando su forma, el Cazador podría aproximarse bastante como para iniciar un ataque subterráneo.

Debía ser extremadamente cauteloso. Ninguno de los jóvenes miraba en esa dirección; estaban casi dormidos. Pero nunca la precaución resulta excesiva: el Cazador no lamentó demorar cerca de veinte minutos en recorrer el espacio que había entre la orilla y un punto situado a unas tres yardas del lugar donde se encontraba Roberto Kinnaird. Por cierto, la travesía resultaba desagradable, ya que su cuerpo, desprovisto de epidermis, presentaba menor protección contra el sol que el de la medusa que procuraba imitar; no se rindió, sin embargo, y así pudo alcanzar un punto que, de acuerdo con su reciente experiencia, juzgó suficientemente cercano al objetivo.



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