
Precisamente en el momento en que el Cazador se daba cuenta de la falla, los muchachos, cansados de nadar, salieron del agua. Los miró alejarse con creciente cólera y siguió observándolos mientras corrían hacia atrás y hacia adelante, jugando a un extraño juego sobre la arena. ¿Acaso nunca se quedaban quietas estas locas criaturas? ¿Cómo podría ponerse en contacto con semejantes seres activos e infernales? Sólo podría observar y hacer planes. Cuando la sal se secó sobre sus bronceadas pieles, los muchachos comenzaron a tranquilizarse y a dirigir ansiosas miradas hacia el bosquecillo de palmeras que se extendía entre ellos y el centro de la isla. Uno de ellos se sentó frente al océano y, de pronto, dijo:
—Bob, ¿cuándo llegará tu familia con la comida?
Roberto Kinnaird se extendió al sol, boca abajo, y contestó:
—Mamá dijo que vendrían alrededor de las cuatro o cuatro y media. ¿Sólo piensas siempre en comer?
Su pelirrojo interlocutor masculló una desarticulada respuesta y se recostó de espaldas, mirando de tanto en tanto el cielo azul y despejado. Otro de lo muchachos siguió la conversación:
—Es una pena que debas regresar mañana —dijo—. A mí me gustaría ir contigo. Desde que mi familia se instaló aquí no he vuelto a los Estado Unidos. Entonces apenas era un niño —agregó con serenidad.
—No estaría mal —replicó Bob lentamente— Hay una cantidad de buenos muchachos en la escuela; en el invierno patinamos y practicamos aquí… De todos modos, volveré el próximo verano.
La charla se apagó lentamente y los jóvenes se estiraron al sol, a esperar la llegada de la señora Kinnaird con la comida para el picnic de despedida. Bob era el que estaba más cerca del agua, completamente expuesto a los rayos solares; los otros buscaron la precaria sombra de las palmeras. Ya estaba bien tostado pero quería sacar todo el provecho posible de ese sol tropical que le faltaría en los diez meses venideros. Hacía calor, acababa de pasar una media hora muy activa y no había nada que pudiera mantenerlo despierto…
