Percibir ese destello fué suficiente para el perseguidor. Imprimió el máximo de energía a sus generadores para lanzarse en dirección contraria, esparciendo al mismo tiempo el resto de su cuerpo dentro de la cámara de control, para proteger así, como con un colchón de gelatina, al perit que resultaría afectado por la brutal disminución de velocidad; aunque comprobó al instante que esta medida resultaría insuficiente. Apenas tuvo tiempo de preguntarse si la criatura que le llevaba la delantera estaría dispuesta a arriesgar el vehículo y su ocupante en algo que terminaría seguramente en un espantoso estallido, cuando advirtió que las capas exteriores de la atmósfera terrestre, al añadir su resistencia, hicieron resplandecer las láminas metálicas del casco de la nave, tiñéndolas de anaranjado por la elevada temperatura.

Como los vehículos se habían introducido en un cono de sombras, chocarían con la parte del planeta en que era de noche; una vez que los cascos se enfriaran, el fugitivo se volvería invisible nuevamente.

Haciendo un esfuerzo, el Cazador permaneció con los ojos adheridos a los instrumentos que le indicarían la posición del perseguido mientras se mantuviera a su alcance; fué una buena idea, pues el cilindro resplandeciente desapareció bruscamente de su vista, dentro de una gran nube de vapor de agua que velaba la oscura superficie del planeta. Un milésimo de segundo después, el vehículo del Cazador se sumergió en la misma masa, y en el mismo instante se sintió un brusco zarandeo y lo que era una disminución regular de la velocidad se convirtió en un enloquecedor movimiento giratorio.



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