
Lo era. El vehículo del Cazador, girando aún frenéticamente a pesar de haber cerrado a último momento las restantes placas de la dirección, chocó casi de plano contra el agua y, debido al impacto, se rajó de punta a punta, en los dos costados, como si hubiera sido una cáscara de huevo pisada por un gigante. Casi toda su energía cinética fué absorbida por el golpe, pero no se detuvo completamente. Continuó andando, con movimiento más suave, comparado con el anterior; se movía del mismo modo que un peñasco al desbarrancarse, y el Cazador sintió que el casco destrozado de la nave se detenía, pocos segundos después, sobre algo que le pareció debía ser el fondo de un lago o de un mar.
Por lo menos —pensó, a medida que recuperaba sus sentidos— su presa se hallaría en las mismas dificultades. La brusca detención y el subsiguiente lento descenso de la otra máquina estaban ahora explicados; aunque hubiera chocado de punta en vez de hacerlo horizontalmente, no habría diferencias en los efectos de una colisión contra una superficie de agua, a semejante velocidad. Seguramente estaría inutilizado, aunque quizá no tan estropeado como el vehículo del Cazador.
Esta idea trajo nuevamente el hilo de sus pensamientos hacia su propia situación. Indagó con precaución a su alrededor y descubrió que su cuerpo rebalsaba ahora la pieza de control; en efecto, ya no cabía dentro de la misma. Lo que había sido una cámara cilíndrica de unas veinte pulgadas de diámetro y dos pies de longitud, era, ahora, simplemente, el espacio comprendido entre dos hojas dentadas de metal de una pulgada de espesor que momentos antes, formaban el casco de la nave.
