El muchacho seguía dormido; sin embargo, el Cazador trabajaba a gran velocidad, va que hubiera sido terrible para él que Roberto moviera el pie antes de que hubiera penetrado completamente. Con toda la rapidez que le permitía su extremada cautela, el organismo intruso se deslizó suavemente a lo largo de los huesos y tendones del pie y del tobillo; luego ascendió entre los músculos de la pantorrilla y el muslo; remontando la pared exterior de la arteria femoral y atravesando los canales internos del hueso del muslo; rodeando las articulaciones y deslizándose por los vasos sanguíneos. Se filtró en el peritoneo sin causar ningún daño ni molestias a su víctima; finalmente, concentro sus cuatros libras de vida ultraterrenal en la cavidad abdominal sin perturbar siquiera el sueño del joven. Allí permaneció un rato, para descansar.

Esta vez poseía una mayor reserva de oxígeno, por haber estado en contacto con el aire durante algunos minutos. Todavía no necesitaba extraerlo de su anfitrión. De ser posible, hubiera querido quedarse en donde estaba durante un día entero; así podría memorizar el ciclo de procesos fisiológicos que se cumplían en el cuerpo de Bob, procesos enteramente nuevos para el Cazador. Por el momento, estaba durmiendo pero seguramente su sueño no duraría mucho. Estos seres parecían desarrollar gran actividad.

Bob se despertó, igual que sus compañeros, al oír la voz de su madre. Esta había llegado silenciosamente. Extendió un mantel a la sombra y dispuso la comida sobre el mismo antes de hablar; sus primeras palabras fueron: A la mesa.

No pensaba quedarse a comer. Los muchachos insistieron para que lo hiciera, pero prefirió regresar a su casa por el camino de palmeras.

—Trata de volver temprano —le gritó a Bob por encima del hombro al llegar a la arboleda—. Todavía tienes que preparar las valijas y mañana debes levantarte temprano.



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