El paisaje resultaba interesante aun cuando parecía menos variado. Era un planeta hermoso. Podían verse innumerables montañas y llanuras, ríos y lagos, bosques y praderas, a través de una atmósfera; de varias millas de extensión de tanto en tanto aparecían espumosas nubes de vapor de agua que interrumpían parcialmente la visión. La máquina que los conducía constituía también un objeto digno de atención; a pesar de lo poco que podía apreciar desde la ventana de Roberto, le bastó para tener una idea bastante clara del vehículo.

Podía ver un fragmento de un ala metálica que en cierto punto se encontraba unida a un motor; adelante, giraba a gran velocidad una hélice también metálica. La nave parecía ser simétrica: el Cazador supuso que, por lo menos, debía haber cuatro motores como éste. No hubiera podido calcular con precisión cuánta energía gastaban esos motores en forma de sonido y de calor, sospechaba que la cabina en que viajaban debía estar muy bien aislada. La máquina, como un conjunto, le hizo pensar que esta raza había alcanzado evidentemente un grado considerable de progreso mecánico. Por eso lo fustigó una duda: debería, acaso, comunicarse con el ser que hacía las veces de anfitrión y asegurarse su cooperación activa en la búsqueda. Era un punto digno de ser considerado.

Tuvo mucho tiempo para pensar antes de que el avión comenzara a descender gradualmente. El Cazador no podía ver hacia adelante. Además, entraron en una capa de nubes que le impidió formarse una idea del lugar antes de aterrizar. Anotó una nueva característica de esta raza: o bien poseían sentidos que a él le faltaban, o eran sumamente hábiles e ingeniosos para construir instrumentos que permitieran ese suave descenso entre las nubes.



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