
Si el otro se en encontraba dentro de un ser humano, esa persona sólo podría alejarse de la isla por medio una embarcación, lo cual significaba que sería posible seguir su pista. Este pensamiento lo reconfortó.
Era, pues, necesario ubicar la isla como medida preliminar para poder volver a ella. Bob recibía a menudo cartas de sus padres, pero el Cazador no advirtió, al comienzo, que éstas podrían ser una clave para su problema; le daba bastante trabajo leer la escritura a mano e ignoraba el parentesco que existía entre el muchacho y los remitentes de la carta. No tenía especiales escrúpulos en leer la correspondencia del joven; simplemente le resultaba difícil. También Roberto escribía a sus padres con intervalos algo irregulares, Pero ellos no eran los únicos destinatarios de sus cartas. Hacia fines del mes de enero el Cazador descubrió que la mayor parte de la correspondencia de Bob provenía de la misma dirección.
Se convenció de ello cuando su amigo recibió una máquina de escribir como regalo de Navidad. Quizá hubiera en ese regalo una leve alusión a la pereza epistolar del joven pero, desde entonces, al Cazador le resultó mucho más fácil leer las cartas que este último escribía. Pronto supo que casi todas las misivas estaban dirigidas al señor y a la señora Kinnaird. Ya sabía que existía la costumbre de que el apellido del padre pasara a los hijos. Este detalle y los saludos con que comenzaban y terminaban las cartas borraron toda duda acerca de su identidad. Era presumible que el muchacho pasaría con sus padres las vacaciones de verano. Si sus conjetura eran verdaderas, el nombre de la isla era el mismo que figuraba en los sobres.
