
Un día, mientras Bob reconstruía uno le los momentos más apasionantes del juego para demostrar su razón con un argumento, resbaló y se torció seriamente un tobillo, por lo cual debió guardar cama varios días. El Cazador se sentía un poco culpable ya que, al advertir con dos o tres segundos de anticipación el peligro, hubiera podido «afianzar» la red de su tejido que rodeaba las articulaciones y tendones del joven. Por cierto que, dada su reducida fuerza, la ayuda podría no haber resultado suficiente, pero valía la pena haberlo intentado. Ahora que el daño ya estaba hecho, debía permanecer inactivo. Por otra parte, no existía un peligro inminente de infección puesto que no había heridas.
Este incidente le hizo reflexionar no sólo acerca de los deberes que tenía para con su anfitrión, sino también lo que debía realizar como agente de policía; una vez más comenzó a pensar en los distintos conocimientos que había adquirido en ese lapso y que podrían ayudarle en su investigación. Con sorpresa quizá y pesar descubrió que era muy poco lo que sabía, pues ni siquiera conocía el lugar en que se encontraba el joven cuando él se introdujo en su cuerpo.
Mientras conversaba Bob con un amigo, supo que aquel era a una isla. Si su presa había aterrizado en la misma zona debía hallarse aún allí o, por lo menos habría dejado algún rastro. El Cazador recordó su experiencia con el tiburón y pensó que el otro no podría escapar con la ayuda de un pez, ya que hasta el momento no estaba enterado de que existiera en el agua un animal de sangre caliente que respiraba oxígeno del aire. En las conversaciones y lecturas de Bob no había oído mencionar focas y las ballenas, o, en caso contrario, no había comprendido lo que decían.
