De inmediato extendió un tentáculo para explorar el exterior del aparato. En el extremo del mismo modeló un ojo pero, al comprobar que la oscuridad seguía siendo intensa, volvió a limitarse estrictamente a la exploración táctil. Percibió una sugestivas vibraciones que parecían producidas por una piel muy gruesa que rozara el metal del case Bruscamente, sintió el contacto de un ser vivo. Si duda éste poseía un sistema sensorial, ya que rápidamente atrapó el apéndice que le ocupaba, con una boca que parecía sorprendentemente bien provista de dientes aserrados.

El Cazador reaccionó como de costumbre, es decir, provocó el relajamiento de la porción de su cuerpo que se hallaba en contacto con esos de agradables bordes, la que adquirió una consistencia semilíquida, y al mismo tiempo desplazó cierta cantidad de materia corporal a través del miembro que se hallaba en poder de la extraña criatura. Se caracterizaba por tener decisiones muy rápidas, y ante el tamaño del intruso se vió obligado a realizar un acto temerario. Abandonó el espacio que ocupaba entre los restos de la nave y dirigió sus cuatro libras de masa gelatinosa contra lo que suponía iba a constituir un ambiente más adecuado para él.

El tiburón —un pez martillo de ocho pies de longitud— debió haberse sorprendido y seguramente se encontraba irritado pero, como todos sus compañeros de especie, carecía de inteligencia como para asustarse. Sus horribles mandíbulas mordisqueaban hambrientas lo que al principio le pareció una apetitosa carne sólida y que pronto sintió escurrírsele como si fuera agua. El Cazador no intentó evitar las dentelladas, pues los daños de esta naturaleza no lo aterrorizaban; sin embargo, resistió empeñosamente los esfuerzos del pez para tragar la porción de su cuerpo que ya se encontraba en su boca, pues no quería exponerse a la acción de los jugos gástricos, ya que no poseía piel para soportar, aunque fuera momentáneamente, sus efectos.



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